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UN AMOR DIFERENTE

24-02-11

UN AMOR DIFERENTE

Tras las rejas… sus ojos color miel, tiritaban como estrellas en la lejanía de un cielo oscuro, chispeaban como la llama en el momento en que dubita apagarse…o arder. Nunca eligió este camino, y ahora entendía por qué todos los presos decían ser siempre inocentes… él, efectivamente, lo era.
Frente a su celda yacían otros olvidados, otros seres transparentes, invisibles a las miradas, carentes de empatía y seguramente, tan inocentes como él. Se preguntó qué delito habrían cometido para acabar en aquel horrible lugar, lleno de ruidos desconocidos y olores nauseabundos.
Por un momento se evadió de su cuerpo y voló a tiempos pasados, en los cuales había sido tan feliz, y oyó su voz, su cálida voz. Sintió el rumor de su risa, el aroma de sus cabellos y el tacto de sus caricias. La había amado infinitamente, con ese tipo de amor que es difícil de explicar, ese sentimiento le brotaba desde el mismo núcleo de su corazón. Él jamás se lo verbalizó, nunca le dijo “te quiero” y ella nunca lo esperó. Con su comportamiento quiso hacerle saber que su amor por ella era tan grande como su pasión por él. Pensó en esa verdadera pasión que ella le demostró desde el día que lo conoció… “fue un flechazo”…les decía a todos.
Despertó de sus recuerdos y regresó a la realidad de su presente. Oyó pasos que se acercaban ágilmente, no parecían amigables. De repente, abrieron la puerta de su celda y apartaron bruscamente a su compañero, él cerró los ojos, percibió un sollozo lastimero… era el llanto del adiós, el sonar de las despedidas.
Y por un instante regresó al día de su adiós, a la fatídica noche en que ella lo abandonó. El día había transcurrido como tantos otros, con palabras amables, gentiles arrumacos y tiernos besos. Salieron a pasear como de costumbre… al campo, donde eran libres y dónde él la miraba pensando en la suerte de haber topado con ella en este largo sendero que es la vida. ¡La vida, la traicionera e imprevisible vida!
El ciclo de nuestro andar en este espacio de tiempo es predecible, nuestras esperanzas se acoplan a lo limitado de nuestra existencia, pero a él se le truncaron todos sus sueños… lo previsto, lo escrito, lo que correspondía era que él muriera primero. Mas un giro del destino invirtió los papeles, alguien jugó a los dados, y él perdió la partida. No tuvo responsabilidad en el accidente pero sintió que la última despedida no fue lo suficientemente poderosa, no tan poderosa como para retenerla en su retina para siempre. Ahora sólo tenía retales de momentos, y pronto dormirían en ese espacio que nadie conoce… porque nadie jamás ha regresado. Y sintió un dolor en su alma (si es que el alma puede doler) y asumió, aceptó que ella ya nunca regresaría a ayudarlo, a quererlo, a mimarlo, a darle todo su inmenso e ilimitado amor. La punzada del alma atravesó su esencia, sentía que el aire no corría por su cuerpo, sus músculos se paralizaban, y su pensamiento se detuvo en una imagen… la de ella, la de esa persona a la que tanto amó. Concluyó que lo suyo fue un amor diferente, un sentimiento que no todos fueron y son capaces de entender.
Ese amor se extinguía, porque su muerte estaba en el quicio de la puerta, había personas que lo miraban y no percibieron sus lágrimas, tal vez, sólo tal vez…. porque, simplemente, para ellos… tan sólo era un perro.

 


María José Rivero Torrres.
 


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